Después de casi quince años editando este número especial dedicado a la reforma, hemos atravesado un período emocionante, tanto a nivel estético y funcional de la evolución de la oferta como de hábitos de compra, desde el punto de vista del consumidor final.
Aunque hay algo que todavía no ha cambiado: pase lo que pase ahí afuera, los espacios domésticos siguen siendo nuestros dominios y refugios privilegiados. Lugares que despiertan las ganas de volver y en los que nos sentimos ajenos a todas las batallas que se libran a campo abierto.
Se trata, en suma, de atravesar el umbral de la puerta y vernos rodeados de lo que más nos gusta. De cocinas, equipadas al detalle –que conservan su espíritu de laboratorio de conversaciones y sabores–, comedores y salones abiertos al exterior e inundados de luz o de cuartos de baño que tienen la capacidad de transformar las tareas de higiene y cuidado diario en un ritual de relax y bienestar.
No cabe duda que invertir en la casa es siempre una decisión acertada si queremos disfrutar de hogares optimistas, que muestren sus nuevas galas y estén dispuestos a servirnos con su mejor cara. No es un simple capricho hedonista, ni una mera cuestión estética, ni la hiperactividad reformista de un espíritu voluble, ni adicción a las últimas tecnologías sino una mezcla de todas estas inquietudes las que mantienen la casa viva y la convierten en un escenario estimulante, que desprende esa vitalidad risueña y agradablemente contagiosa de los espacios experimentales en perpetua evolución.